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lunes, 16 de julio de 2007

El cine de Martin Scorsese


De entrada, diré que no comparto el entusiasmo y la devoción generales hacia el cine de Martin Scorsese. Si tuviera que hablar de obras maestras diría que sólo tiene una: “La edad de la inocencia”, una de las poquísimas películas del italoamericano en las que los personajes femeninos no se limitan a ser más que un obstáculo o una incomodidad para que los masculinos alcancen sus propósitos y la única en toda su larga filmografía en la que habita un personaje femenino fascinante y arrebatador: el interpretado admirablemente por Michelle Pfeiffer.

Pienso que Scorsese tiene películas muy buenas, buenas, regulares y malas. En su estilo habitual hay varias cosas que me irritan con frecuencia: creo que a veces se pasa con movimientos de cámara gratuitos y mareantes (para los críticos, lo que en Brian De Palma es efectismo barato y esteticismo innecesario, en Scorsese es un ejemplo de realización vigorosa y puesta en escena llena de energía), su velocidad narrativa a veces resulta cansina y contribuye a distraer incongruencias argumentales, sus continuas voces en off a veces resultan innecesarias, la duración de varias de sus películas es excesiva, su continuo rollo cristiano aburre en bastantes de sus películas…

Dicho lo cual, creo que en general Scorsese es un muy buen director que en varias ocasiones ha dado muestras de un gran talento.

Intuyo que muchos de los que se declaran admiradores apasionados de toda la obra del “maestro” no conocen sus mediocres comienzos en películas anodinas como “¿Quién llama a mi puerta?” o “El tren de Bertha”. Su cine comenzó a llamar la atención con su tercer largometraje, la sobrevalorada “Malas calles” (1973), en la que se encuentran varias de sus constantes cinematográficas futuras, incluyendo defectos y virtudes. Después vendría la olvidable “Alicia ya no vive aquí”, especie de folletín con personaje femenino agotadoramente histérico interpretado por una histriónica Ellen Burstyn. Con “Taxi driver” llegaría su primera gran película, con un Robert de Niro convertido en estrella gracias a su trabajo en la segunda parte de “El padrino” de Coppola. La historia del solitario y desquiciado taxista que deambula por las calles de Nueva York fue también el primer éxito comercial de Scorsese, al tiempo que otros compañeros y amigos conquistaban a la crítica y al público de medio mundo con sus películas (las dos partes de “El padrino” de Francis Ford Coppola, “Tiburón” de Steven Spielberg o “Carrie” de Brian de Palma).

Scorsese se enfrenta entonces a una película musical de alto presupuesto con la que pretende rendir homenaje a los musicales del Hollywood clásico. “New York, New York” (1977) es una interesante película (excesivamente larga en su versión extendida de más de dos horas y media) que fracasó en taquilla. Tras el rodaje del último concierto de The Band mostrado en “El último vals” (1978), rueda su segunda gran película, “Toro salvaje” (1980), la historia de ascensión, éxito y caída del boxeador Jake La Motta interpretado por un intenso Robert De Niro.

Los ochenta serían unos años irregulares para el cine de Scorsese. Filmó la mediocre “El rey de la comedia” (1983) y la curiosa comedia negra “Jo, qué noche” antes de hacer una muy interesante secuela del clásico “El buscavidas” llamada “El color del dinero” (1986), de nuevo con un excelente Paul Newman.

Si “Taxi driver” había sido controvertida por su violencia explícita, la mayor polémica de su carrera llegó con “La última tentación de Cristo” (1988), la plasmación definitiva de las inquietudes religiosas con las que Scorsese fue trufando buena parte de su filmografía. La película plantea una visión interesante sobre la figura de Jesucristo pero, una vez más, resulta excesivamente larga. La década terminaría con uno de los tres capítulos de la película colectiva “Historias de Nueva York” que firmaría junto a Francis Ford Coppola y Woody Allen.

En 1990 estrena un clásico del cine de gangsters, “Uno de los nuestros”, película que de alguna forma vuelve a los ambientes callejeros de “Malas calles”. Se trata de una película muy interesante, ágil, por momentos brillante, pero que también adolece de algunos de los tics más típicos del cine de Scorsese (excesivo metraje, excesiva voz en off, excesiva música machacona… en definitiva, excesiva).

Después, Scorsese apostaría por el cine de encargo y los remakes hollywoodienses con una nueva versión de “El cabo del terror”. En “El cabo del miedo” (1991), el cineasta apuesta por aprovechar el éxito que el thriller disfrutaba en aquellos años (gracias a títulos como “El silencio de los corderos” o “Instinto básico”) y le sale una película interesante, fácil de ver, con momentos muy conseguidos y con un tramo final no muy convincente.

Después llegaría el giro total a su cine. De la violencia, el ritmo frenético y el rock and roll constante, Scorsese pasa a la delicadeza, a la emoción sin artificios y a la poesía de “La edad de la inocencia” (1993), su película más emotiva y hermosa. Por una vez, Scorsese hace un retrato de un personaje femenino admirablemente y consigue una película exquisita en todos sus aspectos. Sin embargo, en el fondo, sigue hablando de los difíciles equilibrios de poder que también plasma en películas como “Casino” (1995), vuelta al cine de mafiosos, esta vez de alta estofa, ambientada en Las Vegas. Se trata de una de sus mejores películas. A pesar de su larga duración, de su excesiva voz en off y del pelma de Joe Pesci haciendo un personaje calcado al que ya hizo en “Toros salvaje” y sobre todo en “Uno de los nuestros”, se trata de una película vibrante, llena de nervio e intensidad.

“Casino” sería su última gran película en mucho tiempo. En 1997 firma “Kundun”, una decididamente aburrida película sobre el budismo y dos años después nos castiga con la película más artificiosa y boba de cuantas haya filmado, “Al límite” (2000), pretendido regreso al universo de “Taxi driver” con un Nicholas Cage absolutamente sobreactuado, un guión inverosímil y un tono divertidamente trepidante (rock and roll a todo volumen, carreras de ambulancias…) que en nada se corresponde con lo narrado.

La muy esperada “Gangsters de Nueva York” (2002) prometía un regreso al cine de las mafias de Nueva York que tan bien se le da a Scorsese, aunque esta vez retrocediendo un siglo. El resultado fue una película de nuevo excesivamente larga, excesivamente sobreactuada (Daniel Day Lewis está insoportable) y excesivamente histérica en su puesta en escena. Todo pretende ser a lo grande, ampuloso y apabullante para el espectador, pero a la postre resulta cansino y reiterativo. En cualquier caso, esta película sería el primer encuentro entre Scorsese y el que sería su nuevo actor fetiche, Leonardo DiCaprio, tras su fructífera unión artística con Robert De Niro.

De nuevo con DiCaprio, rodó la nuevamente excesiva “El aviador” (2004), anodina recreación de la vida de Howard Hughes que parecía planificada al detalle para ganar el tan ansiado Oscar que a Scorsese se le venía escapando desde hacía más de 35 años.

Tendría que esperar hasta “Infiltrados” (2006), remake de la película “Infernal affairs”, tras un extenso documental sobre Bob Dylan (“No direction home”, de 2005), para conseguir el Oscar. “Infiltrados” recupera un pulso que Scorsese no mostraba desde “Casino”. No es una obra maestra pero sí un muy interesante thriller, largo pero mucho más ligero que la mayoría de sus películas de extensa duración, entretenida y vibrante. DiCaprio hace un buen trabajo, en contraposición a un sobreactuado Jack Nicholson.

Habrá que admitir que Martin Scorsese es uno de los cineastas más importantes de su generación y que con el tiempo será todo un clásico, pero a mí en su cine me falta capacidad de síntesis y me sobra un cierto tono de "qué guay es la mafia, tío, qué guay el rock and roll de los 50, cómo molan las peleas y las carreras de coches". Si hablamos de mafia, que me pongan la trilogía de “El padrino” de su amigo Francis Ford Coppola. Esas sí son, al menos las dos primeras, obras maestras.


jueves, 15 de febrero de 2007

Un repasito a Francis Ford Coppola

Francis Ford Coppola pasa por ser uno de los cineastas más importantes del cine estadounidenses de los últimos 40 años. Su irregular filmografía, condicionada por la quiebra que sufrió American Zoetrope (los estudios de su propiedad), cuenta a pesar de ello con unas cuantas obras maestras y clásicos fundamentales de la Historia del Cine.

Coppola comenzó en el cine de la mano del director y productor independiente Roger Corman dirigiendo “Dementia 13” (1963), una película de terror de bajísimo presupuesto que no mostraba aún las futuras cualidades artísticas del joven cineasta. Le siguió en 1966 “Ya eres un gran chico”. Paralelamente, comenzó su trabajo como guionista, lo que, con el tiempo, le permitió fundar su propia productora con gente tan importante como George Lucas.

En 1968 entra en la industria de Hollywood al ser contratado para dirigir “El valle del Arco Iris”, un musical protagonizado por Fred Asteire. Un año después, dirige el drama intimista “Llueve sobre mi corazón”. En 1970 firma el guión de “Patton”, por el que recibe su primer Oscar.

La carrera ascendente de Francis Ford Coppola se acelera al ser contratado para dirigir “El Padrino”, adaptación de la obra de Mario Puzo, quien participa en el guión. Durante el proceso de producción de la película, el joven cineasta comienza a protagonizar sus primeros enfrentamientos con la industria al tratar de llevar el proyecto a su manera. En contra de los productores consigue contratar para los papeles protagonistas a Marlon Brando y al por entonces desconocido Al Pacino. La ambiciosa película, estrenada 1972, se convierte en un monumental éxito de taquilla y la crítica se deshace en elogios. El prestigio de Coppola se dispara y se convierte en el estandarte de una nueva generación de cineastas (en la que se podría incluir a Brian De Palma, Martin Scorsese, George Lucas o Steven Spielberg) que otorgan nuevos aires al cine de Hollywood en los años 70.

Su siguiente proyecto, producido por él mismo, se llama “La conversación” y es una apasionante película de intriga protagonizada por Gene Hackman que consigue la Palma de Oro en el Festival de Cannes.

Inmediatamente después, comienza el rodaje de la segunda parte de “El padrino”, estrenada a finales de 1974. Protagonizada de nuevo por Al Pacino (convertido ya en una estrella), cuenta también con un desconocido Robert De Niro, quien conseguirá su primer Oscar gracias a su interpretación de un joven Vito Corleone. La película, que narra paralelamente la vida de la familia Corleone tras la muerte del patriarca y la ascensión de su hijo Michael Corleone, por una parte, y la llegada de Vito Corleone a Estados Unidos, por otra, es un proyecto aún más ambicioso que su predecesora y alcanza también unas cotas de éxito enormes. Para la crítica, esta segunda parte es incluso superior a la primera y ambas se convierten ya en auténticos clásicos de la Historia del Cine.

Ambicioso y megalómano hasta límites desorbitados, Francis Ford Coppola se adentra en la adaptación del cine de “El corazón de las tinieblas” de Joseph Conrad convirtiéndola en su particular visión del infierno de la guerra de Vietnam en particular, y de todas las guerras en general. El rodaje de "Apocalypse now", iniciado en 1976, se convierte también en un infierno para Coppola y todo su equipo. Enfermedades, desastres naturales y todo tipo de calamidades se suceden durante la filmación. En 1979, Coppola consigue terminar el montaje de la película y, arruinado por los elevadísimos costes de la producción, la estrena en el Festival de Cannes con un gran éxito. “Apocalipse now” conocería en el año 2002 un nuevo montaje realizado por el propio director que añadía 49 minutos al montaje original.

Recuperada su economía gracias al éxito de este clásico del cine bélico, el incombustible Coppola se adentra en la creación de sus propios estudios cinematográficos y el rodaje, con novedosas técnicas de filmación, del musical “Corazonada”, estrenada 1982. La película recibe críticas tibias y supone un fracaso de taquilla que aboca a la quiebra total a Francis Ford Coppola, viéndose obligado a vender sus estudios de cine y a continuar su carrera como cineasta aceptando proyectos de encargo no siempre a la altura de su talento.

En 1983 realiza dos películas de bajo presupuesto. “Rebeldes” y “La ley de la calle” son dos historias parecidas sobre la juventud marginal de los años 50. Sin embargo, mientras la primera adopta un tono de cuento nostálgico que incluye influencias de “Rebeldes sin causa” de Nicholas Ray, la segunda (rodada en blanco y negro) adopta un tono de cine negro. El resultado es que “Rebeldes” obtiene un gran éxito de taquilla y críticas encontradas y “La ley de la calle” pasa desapercibida para el público pero es unánimemente elogiada por la prensa.

Con experiencia tanto en el cine de gangsers (“El padrino” primera y segunda parte) y el musical (“El valle del Arco Iris” y “Corazonada”) Coppola es contratado para rodar “Cotton Club”, un proyecto que combina precisamente el cine de ambientes mafiosos con el musical centrado en el jazz. Pese al alto presupuesto y la presencia de Richard Gere como protagonista, la película no funciona en taquilla.

Su siguiente proyecto será la amable pero discreta “Peggy Sue se casó”, película de tono entre nostálgico y fantástico sobre un planteamiento, en principio, muy parecido al de “Regreso al futuro” de Robert Zemeckis a la que, sin embargo, le sobra azúcar.

Tras rodar “Jardines de piedra” (1987), Coppola rueda “Tucker, un hombre y su sueño” (1988) con producción de su antiguo socio George Lucas. No es difícil establecer paralelismos entre el protagonista de la película, un ambicioso hombre que lucha contra viento y marea por lograr su sueño en el negocio de los automóviles, y el propio cineasta que lucha por su independencia en la industria del cine. Los resultados, sin embargo, resultan superfluos y con un molesto tono que recuerda a las producciones Disney. Al año siguiente rueda un capítulo de la película “Historias de Nueva York” completada por los episodios firmados por Martin Scorsese y Woody Allen. La crítica considera de forma casi unánime al capítulo de Coppola como el peor de los tres y uno de los puntos más bajos en su filmografía.

Cuando parecía que la carrera de Francis Ford Coppola se venía abajo y su prestigio se hundía sin remisión, el cineasta echa mano de la historia que le convirtió en estrella y, junto a Mario Puzo, escribe un nuevo guión para la tercera parte de “El padrino”. La película se estrena en 1990 y obtiene muy buenas críticas y resultados óptimos en taquilla. Este hecho, revitaliza la carrera del director y en 1992 estrena “Drácula de Bram Stoker” con un gran éxito de crítica y público. La película, a medio camino entre el cine de terror y el romanticismo exacerbado, coloca a de nuevo Coppola entre los cineastas más importantes del momento. Sin embargo, el director desaparecerá del mapa hasta que en 1996 estrena una insustancial comedia con tintes de melodrama llamada “Jack” y protagonizada por Robin Williams que cuenta la historia de un niño abocado a crecer rápidamente debido a una enfermedad degenerativa.

En 1997 estrena el drama judicial “Legítima defensa”, sobre una novela de John Grisham, que obtiene críticas favorables aunque no entusiastas. A partir de entonces, Coppola abandona la dirección y se dedica a sus negocios de vinos y a producir series de TV y películas, entre las que se encuentran las de su hija Sofia.

Abandonado un ambicioso proyecto de ciencia ficción, este año 2007 Coppola regresará a las pantallas con una nueva película de título “Juventud sin juventud”.

A pesar de una filmografía irregular, Francis Ford Coppola ha pasado a ser, por méritos propios, uno de los cineastas imprescindibles del cine.